Antes de ser un hotel, esto fue un lago con dueños.
Se llamaban itzáes. En maya, itz es lo que encanta, lo que tiene poder; a’ es agua. Los brujos del agua, o quizá las aguas encantadas: las dos lecturas caben en la misma palabra. Levantaron su capital, Nojpetén, en una isla de este lago. Los españoles la llamaron Tayasal, que viene de Tah Itzá: «en el lugar de los itzáes». De ahí viene Taitzá.
Para quien lleva ese nombre, el agua no es paisaje: es poder. Los itzáes contaban el tiempo en katunes, y una profecía les decía que todavía no era momento de cambiar de dioses. Por eso fueron los últimos mayas en resistir. El 13 de marzo de 1697, tropas españolas cruzaron el lago en barcos armados y la ciudad de la isla cayó.
Pero un lago no se conquista. En San José viven todavía familias de ascendencia itzá, y hablan de estas aguas como quien habla de un pariente mayor.
Nosotros no prometemos hechizos. Prometemos el lugar donde ocurren.
A las 5:45 de la mañana el agua está quieta y una bruma baja cubre la superficie hasta que sale el sol. El muelle está a nivel del agua, sin escalones ni vidrio de por medio. Si te quedas quieto el tiempo suficiente, algo cambia. No sabemos explicarlo bien, y tampoco nos corresponde: el lago lo hace mejor que nosotros.
Taitzá es una casa junto a ese lago. Nosotros abrimos el muelle. El hechicero hace el resto.
Si te da curiosidad el nombre, pregúntale a quien te reciba. Lo cuenta mejor.